de Stefan Sweig -Tres espíritus creadores

lunes, 21 de julio de 2008

Lenguaje y realidad en Borges


Luz María Jaramillo S.



(JPG) El lenguaje está íntimamente ligado con la realidad. En las distintas sociedades y en los diferentes grupos culturales, se ha considerado esta relación bajo múltiples aspectos. Borges se interesa por algunas de las opiniones que se han dado al respecto, las estudia y luego las trabaja dándoles un matiz fantástico, o lo que es lo mismo, literario, por lo que pierden el rigor "científico" con que se plantearon inicialmente.

Su posición es clara: cree que el lenguaje no refleja la realidad, sino que más bien sirve para aludirla, para conjeturar sobre ella, lo ve como lo que es, como un símbolo. Considera que como toda alusión es indirecta, se puede interpretar de muchas maneras, pues nunca es enfática ni definitiva. Esto hace que para él la realidad no pueda ser sometida a los esquemas del lenguaje, ya que éste es estático por estar compuesto de palabras: sustantivos, verbos, adjetivos, etc., que son las mismas para designar un objeto sin importar la movilidad de éste, el cual cambia constantemente, porque en él actúan el tiempo y el espacio, y porque las palabras son universales y la realidad es particular, lo que hace que el lenguaje sea muy pobre comparada con la complejidad de las cosas o con la de nuestra conciencia.

En la literatura de Borges las teorías filosóficas ocupan un lugar importante, se interesa por Heráclito y con relación al lenguaje retoma lo dicho por Platón en el Cratilo en donde se recogen dos de las posiciones planteadas desde la antigüedad referentes a la relación palabra-objeto: la que considera que una palabra le pertenece necesariamente a un objeto por una semejanza en su naturaleza, y la que cree que la relación palabra-objeto es arbitraria porque el nombre con el que se designa un objeto depende de una convención. En algunos escritos toma partido por una y en otros por la otra, sin que necesariamente se defina por alguna en particular; y esto porque no tiene compromisos con ninguna escuela filosófica ni posición específica, ya que su objetivo es el de distraer y no el de convencer.

En el campo teológico y religioso pasa algo similar: explora diferentes teorías y creencias, escribiendo sobre ellas, dejándose llevar por incitaciones artísticas o mitológicas y no por vivencias sentidas por lo que esto implicaría. La idea de Dios es para este argentino la máxima creación de la literatura fantástica, y aunque no crea en la existencia de ese ser, tampoco lo niega de plano, porque puede darse la posibilidad de su existencia. Pero sí está seguro de que en caso de ser así, el hombre no podría tener un concepto claro de aquél, pues dentro del margen del pensamiento humano se encuentra comprendido solamente lo creado y finito y no lo divino que no cumple esas características. Dios para él es más bien el propósito ético de cada ser: Dios significa la parte que quiere el bien.

Borges ve que tanto para los cristianos como para los judíos en general, al igual que para los gnósticos y para las religiones que parten del Islam, el problema del nombre de Dios juega un papel preponderante. Toma textos de diferentes fuentes mostrando que, sin importar de dónde provengan, en todas se nota esa inquietud y de una u otra forma, están de acuerdo en que la clave del universo está encerrada en el nombre de Dios, por lo que llegar a conocer ese nombre equivaldría a descifrar el misterio del universo.

Se ocupa bastante de la mística judía y, dentro de ella, de la Cábala, la cual es una doctrina que parte del concepto de libro sagrado y tiene la idea de que la Escritura es un texto absoluto, dictado por una inteligencia divina, en el que, por tener esas características no puede haber nada que sea producto del azar, ni siquiera el número de las palabras, ni el orden de las letras que las componen. Creen, y esto es lo que más maravilla a Borges que el nombre de Dios es todo el Pentateuco y que el hombre que quiera alcanzar la sabiduría y llegar a ser como Dios, creador de seres que están a su disposición, debe organizar las letras, las cuales se encuentran en desorden a lo largo del libro.

En el catolicismo encuentra también hechos fantásticos. Destaca el misterio de la Santísima Trinidad, en el que la imaginación puede alzar vuelo con facilidad por la magnitud de lo que encierra, ya que no solamente se dice que hay tres personas en una sola, sino que, como si fuera poco, en una trinidad la palabra juega un papel definitivo, pues dos de las tres personas bajaron a la tierra valiéndose de ella: el Hijo en el Verbo y el Espíritu en el Libro Sagrado.

Para Borges, los esquemas que rigen nuestro modo de pensar en todos los campos, y las clasificaciones con las que trabaja el hombre, son sólo una comodidad de la intelección, en cierta forma, le sirven de ayuda para acercarse a la enigmática realidad, a la que no puede agotar, porque los esquemas que se utilizan para explicarla son propios de la mente humana y no se adecuan al orden interno del universo, el cual es desconocido para nosotros. Esta creencia borgesiana de la imposibilidad del hombre para conocer el universo explica su incursión en las diferentes doctrinas sin comprometerse con ninguna de ellas, porque lo que les busca es el valor estético que tienen para la literatura, por lo que encierra de singular y maravilloso.

La actitud de Borges frente a cualquier tipo de sistema, muestra su escepticismo, por su convencimiento de que el universo y el destino del hombre dentro de aquel son inexplicables, ya que los utensilios humanos, como el pensamiento, el lenguaje o las construcciones filosóficas y científicas son inadecuadas para aprehenderlas. Esto hace que sólo les pida lo que pueden darle: no soluciones, sino símbolos, visiones sorprendentes que le sirvan en sus tareas como escritor. Para él lenguaje es sólo aproximativo juego de símbolos que cumple únicamente una finalidad estética, es una cosa más agregada al mundo y no un espejo de éste, lo que hace que bajo esta perspectiva, el lenguaje no describa sino que construya objetos verbales que terminan por someterse al tiempo y al espacio como cualquier otro fenómeno, por ser hechos artísticos.

Borges no tiene ninguna ideología religiosa, filosófica o política, aspecto éste que le permite tratar tantos temas y retomar en sus escritos, doctrinas tan disímiles como la Cábala, el Judaísmo, el Idealismo, el Panteísmo o, cualquier teoría metafísica o teológica que se presente a su paso y que vea en ella elementos fantásticos que pueda trabajar en su literatura. Es un escéptico, un solipsista que duda de todo, que no está seguro de nada, que considera que todo puede ser un sueño, pero que, a su vez, tampoco está seguro de ello. Su escepticismo se ve en el hecho de que no considere ninguna teoría como definitiva, con respecto a las cosas que pasan en el universo. No sabe si la realidad es cotidiana; si el universo pertenece al género idealista o al fantástico, porque si todo es un sueño, lo que llamamos realidad es de esencia onírica.

La especulación metafísica que aparece en sus escritos, se da como análisis de una doctrina o de un tema fundamental de la filosofía o de la teología, dándole en algunos casos un aporte particular, basado en intuiciones personales, como pasa con la paradoja de Aquiles y la Tortuga, la cual es estudiada por él bajo las posiciones de diferentes especialistas, pero acaba concluyendo con la suya propia, según la cual: Zenón es incontestable, a no ser que se acepte la idealidad del espacio y del tiempo, el idealismo y el crecimiento concreto de lo percibido.

Borges sabe que las clasificaciones son arbitrarias, que dependen en gran medida del momento histórico y de la situación que se vive en el momento de realizarla; y que de un ser o de un objeto se pueden hacer tantas clasificaciones como observadores haya de él, puesto que a cada uno le pueden interesar diferentes cosas.

En cuanto al símbolo múltiple y a la expresión absoluta, podemos decir que en él son dos caras de una misma realidad, la última sería una palabra que tenga un significado en el cual estén todos los acontecimientos del mundo: presentes, pasados y por venir, o lo que es lo mismo, una palabra que encierra en sí todo el universo, pues significa o representa una serie interminable de fenómenos, y aunque aún, en ningún idioma de los que tenemos referencia se encuentra una palabra así, Borges insiste en ello, como queriendo hacer énfasis, quizá en las limitaciones de nuestros lenguajes, los cuales son incapaces de expresar nuestras intuiciones del universo.

A su vez, el símbolo múltiple conjuga en él muchos acontecimientos, hechos o lugares; es un hecho que represente al mismo tiempo infinidad de valores que abarcan en sí todo el universo, o por lo menos una gran parte de él. Sin símbolos que hay que mirar bajo una óptica solipsista, de sueños, idealistas en cuyo ambiguo territorio una cosa puede ser muchas, por ser un hecho polifacético, amplísimo.

Borges, este soñador irremediable, este gran hombre, es racional, es lógico, pero su lógica y su razón trascienden a los sueños, a la fantasía. Ve "más allá de sus narices", ve no lo que le dan sus sentidos, pues es ciego, sino lo que han dado sus lecturas y su imaginación. Le saca partido a todo aquello que ha conocido, que ha leído y se recrea en diferentes teorías que le sirven de base para sus cuentos, ensayos o poemas.

No hay comentarios: