de Stefan Sweig -Tres espíritus creadores

lunes, 13 de abril de 2009

CONVERSACION EN LA CATEDRAL- Una lección técnica

EL MUNDO (Madrid) Viernes, 29 de junio de 2001
Nº 66 «» (I) / MARIO VARGAS LLOSA

por
LUCIA ETXEBARRIA

Conversación en La Catedral es quizá la más grande de las grandes novelas de Mario Vargas Llosa, ya que el propio escritor hispanoperuano y premio Cervantes reconoce que le costó un trabajo terrible alumbrar esta descripción de cómo toda una sociedad vive bajo el yugo de un dictador. El primer volumen del libro que los lectores pueden conseguir mañana con un suplemento de 275 pesetas al adquirir el periódico está prologado por Lucía Etxebarria, último premio Primavera. En el extracto señala que la dejadez y la negligencia de los personajes de la novela constituye la definición perfecta de lo que es el caldo de cultivo de una dictadura.

A los personajes de Conversación en La Catedral les pasa lo mismo que a mí: que son víctimas de sí mismos, que arrastran consigo su propio lastre y su freno, que son incapaces de avanzar o decidir. A partir de cada uno de ellos, de la crónica de cada pequeña historia de desidias y renuncias, Vargas Llosa plantea en la novela la vigencia de una vieja consigna feminista que se puede aplicar a cualquier cuestión en la vida, y no sólo a la lucha contra la discriminación de género: «Lo personal es político». Cada acción individual repercute en el conjunto de la sociedad, pues una sociedad constituye un sistema sinérgico.

En palabras del propio Vargas Llosa, Conversación en La Catedral narra cómo durante la dictadura militar de Manuel Odría (1948-1956) «...a partir de ese centro corruptor que era el poder político, algo se envileció en la experiencia de toda una sociedad, de tal manera que la política se reflejó en cosas muy alejadas de ella, como la vida familiar, profesional y universitaria. No había vida cívica, todo lo que produjo una gran apatía y un gran cinismo en los ciudadanos. Todo pasaba por el poder: el éxito o el fracaso en la vida empresarial, profesional, universitaria». Y así, la novela se convierte en la crónica de dos fracasos íntimamente relacionados: el individual de los personajes -existencias de saldo en cuartos de alquiler y casuchas miserables, en sótanos sombríos en cuyos muros reverbera el miedo, la esperanza deshecha poco a poco hasta dejar no ya retales, sino apenas un exiguo jirón deshilachado, la inutilidad de los gestos, la nada...-, y el colectivo de la sociedad.

Conversación en La Catedral es, amén de un durísimo alegato político, una lección de técnica. Toda la novela se estructura como un caleidoscopio, en el que la trama se crea a partir de las combinaciones y recombinaciones de pequeños trozos de vida que se funden aleatoriamente para constituir figuras. Cada capítulo se construye a partir de trozos de historia hilvanados, construidos a su vez a partir de retales: conversaciones superpuestas, pasados y futuros que vienen y van pespuntados en el relato del presente, monólogos interiores que se cuelan en los diálogos... Casi como si la estructura imperiosamente activa del relato fuera el revulsivo contra la inacción de cada personaje: la dinámica del narrador contra la estaticidad de sus criaturas.

Los personajes de esta novela no actúan: se dejan llevar, igual que la sociedad peruana no contraataca la opresión de la dictadura en la que vive, sino que se deja dominar por ella. Santiago Zavala ingresa en la oposición política no por convicción sino simplemente siguiendo a una chica que le fascina, dejándose arrastrar por el encanto de la joven revolucionaria en ciernes. Pero en cuanto la lucha política deja de ser un jueguecito de salón y se convierte en un compromiso peligroso, la abandona; sin mover un dedo por sus compañeros detenidos. Aparca la carrera de Derecho y, embarcado en esa tónica de inercia, ingresa en un periodicucho de mala muerte cuyos despachos se convertirán en su cárcel. Su propio matrimonio es una cuestión de flojera: no se casa por amor, sino por complacer a quien le quiere.

El negro Ambrosio se deja seducir por don Fermín sin hallar ningún placer, pero sin oponer resistencia, y más tarde se dejará engañar por Don Hilario y aceptará la ruina económica que el otro le ha buscado sin luchar en ningún momento ni por su dignidad ni por su dinero. Amalita también se deja conquistar por Ambrosio, y se va con él como una perra famélica seguiría al primero que le ofreciera un pedazo de pan. Hortensia y Queta no son más que juguetes en manos de los que pagan por acostarse con ellas: se dejan comprar, se dejan hacer, se dejan amar y abrazar... Y por dejarse, Hortensia se deja hasta morir. Y esta dejadez extrema, esta pasividad irritante de personajes abatidos y abúlicos que más que vivir la vida se limitan a dejarse vivir por ella, sin energía, sin rumbo, sin pasión ni propósito; esta negligencia de unos personajes que nunca actúan por sí mismos, que sólo se dejan, se dejan, se dejan... constituye la definición perfecta de lo que es el caldo de cultivo de una dictadura («ese clima de cinismo, apatía, resignación y podredumbre moral», en palabras de Vargas Llosa): la derrota ante la lucha de la vida, esa carrera de obstáculos contra la dualidad, el miedo, la sinrazón y la ignorancia.